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Empezar de cero en Tacloban

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ACTUALIDAD FILIPINAS SEIS MESES DESPUÉS

Son las 5:30 de la mañana y Tacloban, la ciudad más devastada por el tifón Haiyán, amanece despacio pero llena de luz. Gallos anunciando el comienzo del día, pitidos de los jeepneys y triciclos más madrugadores, bullicio del comercio incipiente y olor a café recién hecho. En una casita, humilde pero acogedora, la psicóloga catalana Nuria Díez y la ambientóloga andaluza Loles Solís se preparan para una intensa y calurosa jornada en los asentamientos creados para los supervivientes del desastre. Son trabajadoras humanitarias de Acción contra el Hambre y saben que de su esfuerzo depende parte del cambio. Nuria es la coordinadora del Programa Psicosocial y, con solo 30 años, sus maletas están cargadas de aventuras solidarias. Desde niña, inspirada por un amigo misionero, sintió que su profesión estaría ligada a la cooperación y al desarrollo. Dulce, cercana y consciente de la importancia de explicar al mundo las necesidades de sus pacientes, nos invita a conocer cada historia. La primera parada son las Baby Tents, tiendas de campaña donde 20 madres junto a sus hijos de hasta dos años recuperan la capacidad de querer perdida por el shock y crean un lugar solo para ellas. “Realizamos actividades en grupo donde trabajamos el bloqueo emocional. Son personas de un ambiente muy pobre que además están traumatizadas, y necesitan procesar su dolor para que no se quede enquistado. Provienen del barangay (distrito) 89. Sus viviendas estaban pegadas a la costa y las olas de más de seis metros les arrebataron el 90% de sus hogares y, a casi todas, algún familiar”.

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Tras descalzarnos, pedimos permiso para entrar en su microespacio. Sonrientes, nos dan la bienvenida mientras disfrutan, con cierto coqueteo, de la atención mediática. “De momento se mantienen ocupadas, pero lo peor llegará después, cuando la ayuda internacional desaparezca”, añade la terapeuta. Las paredes parecen una clase de parvulario, con carteles alegres y educativos. Corazones, mariposas y escenas maternales les invitan a acariciar a sus bebés, a recuperar el vínculo entre madre e hijo y a potenciar la lactancia materna. “Al principio las encontramos estresadas, no solo por haber vivido el ciclón, sino por la desesperada situación de supervivencia a la que tuvieron que enfrentarse para encontrar agua, comida o refugio. Pero es increíble su respuesta a nivel psicológico. Ha pasado medio año y los avances son maravillosos, por eso es tan gratificante estar aquí. Vienen relajadas y disfrutan de su momento. Y es que la mayoría comienza a tener hijos a los 16 años y no cesa hasta los 45. Lamenta-blemente, no piensan nunca en sí mismas. Además, poco a poco van superando, por ejemplo, el pánico a la lluvia o al viento, que les creaba ansiedad tanto a ellas como a los bebés”.

Lorena con sus hijos. Perdió a su marido pero recuperó el triciclo... 

Lorena con sus hijos. Perdió a su marido pero recuperó el triciclo con el que se gana la vida. Se turna con la mayor para pedalear.Foto: Diana G. Marugán

Jack, de ocho meses, gatea en la lona mientras Tinie le abanica con un papel en el que aparece el dibujo de un huevo frito y salchichas. Comienza la sesión y Nuria, ayudada por una trabajadora social local, que también sirve de intérprete, les da alas para exponer sus temores y frustraciones. Resulta conmovedor observar cómo con algo tan sencillo como folios y pinturas expresan lo más complejo de sus sentimientos. “Hoy la temática consiste en compartir lo que les preocupa. Tinie no sabe cómo va a alimentar a sus cinco hijos y lo plasma en las cartulinas. Otras, simplemente realizan garabatos”. Al fondo, un recién nacido mama mientras su madre dibuja una cruz sobre unas ruinas y una niña debajo. En su mente alberga la ilusión de encontrar el cuerpo de su pequeña. “Son una población tremendamente espiritual y eso les ha ayudado muchísimo a asumir sus circunstancias, pero las madres que además de haber perdido a sus hijos no han podido encontrar los restos se recuperan aún con más dificultad, porque tienen algo pendiente y se sienten culpables”.

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Para finalizar la charla cantan Holding hands (Manos unidas), dando gracias a Dios. Por la puerta de tela se asoma entusiasmado Max, de nueve años, con un cubo rebosante de peces, mientras tararea unas estrofas. Acaba de llegar junto a su padre y muestra orgulloso su hazaña. Sabe que hoy podrán cenar y que mañana ganarán unos pesos vendiéndolos en el mercado. Gracias a las barcas, redes y aparejos recibidos de las ONG recuperan cierta autonomía. Otra de las emprendedoras es April, de 24 años. Alguien le regaló el kit de manicura y pedicura con el que ha montado su salón. Es una artista del diseño y realiza pequeñas obras de arte a quienes requieren sus servicios. También la señora Ronaldo es especialista en belleza, solo tiene “unas tijeras y un peine”, pero corta “muy bien el pelo”. A veces la forma de pago es el trueque, pero para ellas lo más importante, además de ganar un dinero, es recuperar la autoestima. “Somos pobres, pero guapas”, dice April. Son mujeres tremendamente luchadoras, unidas ante la adversidad, con un excelente sentido del humor y de pertenencia al grupo, aunque a veces tanta sonrisa es más inercia genética que felicidad.

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“Lo más difícil, sobre todo para los que no acudieron a los centros de evacuación, es eliminar el remordimiento por no haber podido salvar a sus hijos”, Nuria Díez, psicóloga

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Asusta imaginar que se acerca la temporada de lluvias y que sus viviendas, creadas solo para la emergencia y sobre los escombros, carecen de consistencia. Serán incapaces de soportar una tempestad. Parece que el reloj no tiene prisa en el archipiélago. Están tan amoldados a vivir en la miseria que desconocen que también tienen derechos. Lorena perdió a su marido pero recuperó el triciclo, ahora se turna con su hija para continuar con el negocio familiar. Llegan un poco tarde al taller pero presumen con picardía porque hoy han ganado 300 PHP (cinco euros). También el marido de Gisele es conductor de estos vehículos, tan habituales en Asia para desplazamientos cortos. La mirada de ella resulta tan triste como penetrante y Nuria nos explica por qué. “Pertenece a la caseta de las madres que han perdido a todos sus hijos, pero es muy especial. Tiene 35 años y desde el primer día, a pesar de sus heridas emocionales, ayuda sin descanso”. Despacio, de un modo casi automático, Gisele nos cuenta lo sucedido. “Aunque nos alertaron creímos que no sería peligroso quedarnos, porque nuestra casa era de madera. A veces aprovechan las evacuaciones para robar, así que no nos fuimos. Pero de repente el agua inundó toda la habitación y el viento destruyó el tejado, y aunque sosteníamos con fuerza a nuestros pequeños, el mar se los llevó. Ellos gritaban: ‘¡Mamá, no queremos morir!’, y yo les decía: ‘Solo rezad, hijos, rezad…’”. Ha enterrado a dos de ellos, pero espera impaciente encontrar el cuerpo de la niña, para descansar, mientras con absoluta resignación asume su pérdida y vive su particular tormento. “Lo más difícil es eliminar el remordimiento por no haber podido salvar a sus pequeños”, dice Nuria, “sobre todo los que no acudieron a los centros de evacuación a pesar de la alerta. Gisele es un ejemplo de fortaleza y está volcada en los talleres y en encontrar a los desaparecidos, pero a veces, si tratamos temas infantiles, necesita ausentarse”.

Nuria Díez, coordinadora psicosocial. 

Nuria Díez, coordinadora psicosocial.Foto: Diana G. Marugán

Correteando entra Uncle, de casi dos años, tras él aparece su hermana Rita, de solo siete, a quien sus circunstancias ya no le permiten ser niña. Su actitud es extremadamente maternal y sus enormes ojos negros enternecen. Casi en la sombra, obtiene un poquito de protagonismo al motivar al pequeño para que realice sus gracias. Ella también es víctima, pero no hay tiempo para contemplaciones. Vive para ser la madre de su hermano, porque la suya, de 43, tiene que trabajar para que coman. Margarita tiene siete hijos, por eso Rita no va a la escuela desde que nació el niño. “No juzgamos su modo de vida porque tendríamos que haber crecido en un contexto similar para entenderlo, pero poco a poco conseguiremos que entiendan que debe ir al colegio, y al menos aquí puede jugar cuando viene con el pequeño. Le llamamos el bebé milagro, porque aunque le habían dado por muerto, al rato se despertó”, explica la cooperante. Su madre nos lo aclara: “Después de la lluvia lo encontramos pálido, frío y sin latido. Tenemos muchos hijos y era muy difícil cargar con todos para huir. Le dije a mi marido que lo dejara en la basura, pero él no quiso abandonarlo. Cuando llegamos al refugio, y después de cubrirlo con una manta, el niño empezó a gritar: ‘Mamá, agua, agua…’ Lo destapamos y estaba vivo”.

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Son mujeres tremendamente luchadoras, unidas ante la adversidad y con un excelente sentido del humor, aunque a veces tanta sonrisa es más inercia genética que auténtica felicidad.

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A la mañana siguiente Loles se convierte en nuestra guía. Enérgica y multiplicando sus fuerzas para atender con extremada eficiencia todas sus obligaciones, nos explica en qué consiste ser la Jefa de los Programas de Agua, Sanidad y Promoción de Higiene, y desde el terreno, como a ella le gusta estar, conocemos el sentido de trabajo. “Proveemos agua de calidad a las comunidades afectadas a través de la potabilización de pozos o canales”. Contaron con la ayuda de los capitanes de cada poblado, que les dibujaron mapas para que pudieran hacerlo más rápido. “Además facilitamos letrinas y estructuras de saneamiento. Intentamos que en las zonas hacinadas no haya defecación abierta”. Resulta curioso conocer los engranajes de sus proyectos. Gracias a ellos se mantienen las condiciones de salubridad que han evitado epidemias. “La educación es lo que ayuda a cambiar la mentalidad, y es fundamental el sentimiento de pertenencia al grupo, para concienciar. Colaboramos con las comunidades y nombramos a responsables autóctonos a través de comités. De este modo aprenden a autogestionarse”. Se asombra de la resiliencia del pueblo filipino y disfruta al ver que su esfuerzo tiene una recompensa tangible. “Comprobar que mi labor no es efímera es mi mayor alegría. Un día no tienen agua, pero luego les das una fuente y pueden beber. Nunca me haré rica en labores humanitarias, es un trabajo vocacional, pero mejoramos sus vidas, frenamos enfermedades, y ese es el mejor regalo. Nuestro trabajo tiene sentido”.

Fuente:  http://www.elmundo.es

Autor:

Trato hoy desatando y doy la amargura feliz al prójimo, en la vida que ya viví en la soledad amamantada, no hay un gramo de color no vivido,el que yo quiero, lo otro es el orgullo de nuestras naciones, que nos impulsan denostados, al vergel del paraíso, una y otra vez lo juro; pero no me lleves la contraria, cuando se te ven los ojos rubillos, de querer lo que no se puede, de hecho lo conseguido me deja vivir bien, y sentir el cariño del país y sus vienes raíces, estoy bien ,esto no es poco ,lo que vamos viendo... José María Medina Esteban

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